Siglo XV. La llegada.
Detrás de varias puertas de hierro fundido, en el sótano de un viejo monasterio colonial en el centro de la Ciudad de México, hay un pequeño pozo. En su interior, una sustancia negra y viscosa, descansa inerte. Hay que investigar mucho para descubrir de donde viene, porque lo que es, nadie lo sabe.
Hace más de medio milenio, cuando los reyes de Aragón y de Castilla, conocidos como los Reyes Católicos, conquistaron el reino de Granada, descubrieron que allí se guardaba, bajo mil llaves, esta misma sustancia. Un cronista de la época cuenta como los soldados que la encontraron fueron consumidos por la maldad en el momento en el que la tocaron. A partir de entonces, el espíritu de la guerra y la corrupción llenó el corazón de los reinos ibéricos. Se cometieron terribles crímenes en esos tiempos, hablamos de asesinatos, expolios y deportaciones. Una limpieza étnica y religiosa sin precedentes en Europa. La destrucción de templos y bibliotecas, la extinción del conocimiento y la bondad. El odio reinaba por todos los reinos.
La corono encargó a Fray Ramiro de Medina Sidonia, un reconocido médico, que investigara las razones de esta epidemia maléfica. El fraile encontró la celda de las mil llaves e identificó aquel líquido negro como la sangre de Satanás. Aquellos que tenían contacto con ella perdían la caridad y negaban las doctrinas de la fe. Dejaban de amar al prójimo como un hermano, robaban, extraían y corrompían su alma sin pudor ni culpa. Cuando se informó a la corona, entonces unificada por el Emperador Guerrero Carlos primero de España y quinto del Sacro Imperio Romano Germánico, se decidió que aquella enfermedad del alma desapareciera en secreto. El mismo Fray Ramiro sería el encargado de llevar la sustancia a los nuevos territorios de ultramar, y, en secreto, esconderla en algún lugar seguro.
En el año 1541, Fray Ramiro se embarcó desde el puerto de Sevilla acompañado de Abu Salt, un ingeniero andalusí que había estado al cuidado de la sustancia en su juventud. El viaje, rodeado de tormentas y un intento de motín, le costó la vida a la mitad de la tripulación. En cuanto llegaron al puerto de Veracruz, un agente de aduanas abrió el cofre en el que llevaban el líquido negro contra la recomendación de Fray Ramiro. Cuenta la leyenda que aquel hombre perdió la vida unos años después al norte de Sonora consumido por la primera fiebre del oro.
El viaje hasta Tenochtitlan fue largo y tortuoso, el rumor del contenido de su cargamento se había esparcido como la pólvora y tanto los indígenas como los españoles se negaron a darles aposento. Cuando finalmente llegaron a Coyoacán, les informaron que Hernán Cortés había partido hacia las tierras del norte, pero siguiendo las ordenes de Carlos V, les había reservado un terreno en la isla de Tenochtitlan para que construyeran el monasterio que necesitaban.
Durante los siguientes años, Fray Ramiro y Abu Salt supervisaron la construcción del edificio con una bóveda en el sótano que guardaría la sustancia para siempre. Para cuando estuvo terminada, nadie recordaba lo que traían y la cámara iba a ser sellada para no ser abierta nunca más. Pero para Fray Ramiro solo quedaba un cabo suelto, Abu Salt no tenía por qué ser fiel a la corona ni por sangre ni por religión. Por eso ordenó a varios soldados que lo empujaran dentro de la cripta justo antes de sellarla.
Fray Ramiro volvió a la corte de Toledo con los favores del emperador y terminó sus días en el monasterio de Yuste donde llegó junto con Carlos V y lo atendió en sus últimos días. Nunca más habló de aquel ingeniero andalusí.
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