Siglo XIX. Liberación.
Durante los siguientes tres siglos, aquel monasterio quedó al cuidado de los Sidonitas, una pequeña orden eclesiástica fundada por Fray Ramiro y financiada directamente por la corona española. Este pequeño grupo de monjes eran los guardianes de aquella cripta y de aquella historia. Las condiciones para entrar en la orden eran muy estrictas, solo niños huérfanos nacidos en la Península Ibérica que probaran su lealtad absoluta al Papa de Roma y la corona de España podían guardar aquel lugar. La otra condición, y quizás la más importante según Fray Ramiro, era no tener ningún vínculo con las colonias de ultramar, pues los monjes serían encerrados en el monasterio para siempre y no tendrían ningún contacto con el exterior.
Los Sidonitas vivían en la oscuridad más absoluta en aquel edificio en permanente reparación. Siempre en silencio, siempre en oración. Siempre alguno de guardia frente a la puerta de las mil llaves. Poco a poco, fueron perdiendo la certeza de lo que estaban vigilando y se fue convirtiendo en una leyenda que muchos no entendían. Mientras tanto, del otro lado de sus muros, se estaba creando una nueva nación. La guerra de independencia estalló y los habitantes de la Nueva España inventaron un nuevo país llamado México. La corona española perdió todo su poder sobre su antigua colonia y, eventualmente, estos nuevos hombres y mujeres libres llegaron al monasterio de los Sidonitas.
No existe un relato claro de lo que sucedió aquel enero de 1830, solo la historia que contó José Carmona, el monje que se aventuró a las calles de la Ciudad de México en busca de algo de comer para sus compañeros. Aquel hombre inocente y pío fue a buscar por las calles del centro de la ciudad a Margarita Rivadeneira, la mujer que durante años se había encargado de proveer al monasterio de alimentos y medicinas. Cuando llegó a la dirección de Margarita, le dieron la noticia de que la mujer había muerto y que podía hablar con su viudo, un comerciante llamado Marcial Muñoz. Este le pidió a José que le diera un día para preparar el pedido y el monje volvió al monasterio. Esa noche, en una cantina del centro, Muñoz se embriagó e inventó historias sobre las riquezas que escondía el monasterio de los Sidonitas. La audiencia era grande pues Marcial Muñoz era un hombre carismático al que le gustaba hacer reír y tenía una conversación amena. Para cuando se cerró la cantina, ya había un grupo de cuarenta hombres borrachos dispuestos a asaltar el monasterio y así lo hicieron poco antes del amanecer.
Los hombres, a los que ya nadie recuerda, entraron en el monasterio armados y tambaleantes. Los Sidonitas no pudieron ni supieron defenderse y fueron asesinados antes de que los asaltantes se dieran cuenta de que no había ningún tesoro que ameritara los pecados que acababan de cometer. Buscaron por cada confín del edificio, que era monasterio solo en el nombre, hasta que llegaron al sótano y vieron esa puerta de mil llaves. En las paredes, escritas y dibujadas, estaba la leyenda de la sangre de Satanás. Esos hombres asumieron que solo era un cuento para asustarlos y se dieron a la tarea de entrar. Tardaron un mes en abrir aquella puerta y nadie los molestó, porque nadie pensaba en aquel lugar.
Del otro lado de la puerta se encontraron con lo más aterrador que habían visto nunca, la nada. Un espacio negro e infinito, otra dimensión que no estaba regida por las leyes de la naturaleza. La luz de sus antorchas no era capaz de iluminar su interior. José, al que los hombres habían mantenido con vida, fue el primero en entrar en aquel lugar. En el interior, el monje caminó durante horas hasta un trono oscuro y sobre el encontró a un hombre que había olvidado su nombre. El hombre le dijo que todo lo que quedaba era un apetito insaciable por todo lo humano. Y en ese instante, aquel lugar oscuro se desbordó por la puerta consumiendo a los hombres que la habían abierto.
Este relato lo hizo el monje en su lecho de muerte unos días más tarde, y fue recogido en el diario de un médico que pensó que era producto de una mente torturada y delirante. El monasterio de los Sidonitas se convirtió en un lugar rodeado de leyendas y maldiciones. Durante mucho tiempo se practicó magia negra en su interior y pocos han querido vivir allí.
De los hombres que abrieron la puerta no se sabe nada, solo que desaparecieron sin dejar rastro.
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